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Libro El Politico Y El Cientifico
de Weber, Max

No se puede ser al mismo tiempo hombre de acción y hombre de estudio sin atentar contra la dignidad de una y otra profesión, sin faltar a la vocación de ambas.

· El hombre de acción es el que, en una coyuntura singular y única, elige en función de sus valores e introduce en la red del determinismo un hecho nuevo. Sólo hay previsión científica en las sucesiones de acontecimientos que pueden repetirse.

· Una teoría de la acción es una teoría del riesgo al mismo tiempo que una teoría de la causalidad. El historiador que se interroga sobre la causalidad histórica revive en su espíritu los acontecimientos posibles que los actores consideraron, o hubieran podido considerar, en las deliberaciones que precedieron la acción.

· El vínculo entre la ciencia y la política de Max Weber aparece igualmente estrecho si se considera el otro aspecto, no ya la relación causal, sino los valores: referencia a los valores en el caso de la ciencia, afirmación de los valores en el de la acción.

· La ciencia histórica o la ciencia de la `cultura`, como la concebía Max Weber, era la comprensión de la manera como los hombres habían vivido, del sentido que habían dado a sus existencias, de la jerarquía que habían establecido entre los valores, en tanto que la acción política es el esfuerzo, realizado en circunstancia que no hemos escogido, para promover esos valores, constitutivos de nuestra comunidad y de nuestro mismo ser.

· Existe una diferencia decisiva entre ciencias de la naturaleza y ciencias de la `cultura` tal como la entiende Max Weber: una vez querida la verdad matemática o física, el desarrollo de estas ciencias es acumulativo. Incluso en caso de renovación teórica, las proposiciones de ayer encuentran un lugar, con su propio grado de aproximación, en el edificio de hoy. Por el contrario si, de época en época, se modifican las cuestiones de los historiadores y de los sociólogos, el hombre del siglo XXI, aun cuando quiera una verdad objetiva, no está obligado a interesarse por las mismas cuestiones que planteaba el hombre del siglo XX.

· Al adoptar una cierta perspectiva sobre la historia, se está cerca de adherirse a un partido, de suscribir una determinada técnica de organización y de acción. La perspectiva global determina tanto la elección de los medios como la de los fines.

· Max Weber tenía empeño en demostrar que la ciencia tiene un sentido y que vale la pena consagrarse a ella aunque lleve a despojar al mundo de su encanto y sea, por esencia, inacabable. Se batía en dos frentes: contra quienes amenazan con corromper la pureza del pensamiento racional mezclando con él actitudes políticas o efusiones sentimentales y contra aquellos que falsean la significación de la ciencia atribuyéndole la capacidad de captar el secreto de la naturaleza y del hombre.

· El invento más temible del totalitarismo es precisamente el de la subordinación de las múltiples obras de que le hombre es creador a la voluntad exclusiva de un partido o, a veces, de un hombre. Esos esfuerzos son radicalmente reaccionarios al intentar retrotraer las sociedades al estadio primitivo en que las disciplinas sociales tendían a imponerse a todos los individuos y a la totalidad de las manifestaciones vitales de cada uno de ellos.

· Las ciencias sociales están infinitamente más amenazadas por los totalitarismos que las ciencias naturales. Los tiranos tienen necesidad de estas últimas para acumular medios de poder, sus intervenciones encuentran un límite en la preocupación por la eficacia. Por ejemplo, se obliga a los físicos a declararse entusiastas del materialismo dialéctico, pero no les dictan sus ecuaciones. La resistencia de las ciencias sociales a la intrusión de la política ha sido siempre más difícil que la de las ciencias naturales. No se intenta negar que las ciencias sociales no parten jamás de una tabla rasa, que el planteamiento de los problemas no esté sugerido por los acontecimientos, que el método no sea independiente de la filosofía o del medio histórico o que , frecuentemente, los resultados no estén influidos por los intereses de las naciones o de las clases. Sería, sin embargo, fatal extraer de aquí la consecuencia de que las ciencias sociales no son sino ideologías de clase o de raza y que la ortodoxia impuesta por un Estado totalitario no difiere en su naturaleza de la investigación libre propia de las sociedades pluralistas. Dígase lo que se quiera, existe una comunidad de las ciencias sociales, menos autónoma que la comunidad de las ciencias naturales, pero real pese a todo. ¿Cuáles son las reglas constitutivas de esta comunidad de las ciencias sociales?

1. La ausencia de restricciones para la búsqueda y el establecimiento de los hechos mismos.

2. La ausencia de restricciones al derecho de discusión y de crítica, aplicado no solamente a los resultados parciales, sino a los fundamentos y a los métodos (la conciencia crítica forma parte integrante de la conciencia científica).

3. La ausencia de restricciones al derecho de desencantar lo real. Toda democracia es oligarquía, toda institución es imperfectamente representativa, todo gobierno que se ve obligado a obtener el asentimiento de múltiples grupos o personas actúa con lentitud y ha de tomar en cuenta la estupidez y el egoísmo de los hombres.

· La primera lección que un cientista social debe transmitir a sus alumnos, es la de que jamás ha existido un régimen perfecto. Solamente la ciencia crítica puede impedir que la historia o la sociología se deslicen del reino del conocimiento positivo al de la mitología, y muchos regímenes no desean impedir este deslizamiento. Si no se tiene cuidado, los conceptos de la ciencia se convierten en personajes de la mitología. El problema político no tiene una solución que sea en sí misma óptima.

· La ciencia no nos dirá que es preciso ser demócrata, ni que la democracia es superior a las restantes formas de gobierno practicables. Muestra, simplemente, los riesgos ilimitados que los regímenes de partido único entrañan para ciertos valores que el profesor, sumido en la tradición secular de las universidades, tiene por sagrados. Muestra cuáles son las relativas garantías que el sistema de partidos múltiples ofrece, tanto de un cierto respeto de los derechos personales como del carácter constitucional de los poderes y de su ejercicio. Muestra también cuáles son los peligros inmanentes de este régimen: inestabilidad del ejecutivo en caso de que no se forme una mayoría definida, descomposición social cuando las luchas entre los partidos y entre las clases exceden de un cierto grado de violencia, parálisis del gobierno cuanto todos los grupos e intereses particulares logran abogar demasiado ruidosamente por su causa.

· Max Weber no se cansó de subrayar la distancia existente entre los proyectos de los hombres y las consecuencias de sus acciones. Lo que una generación quiso libremente se transforma para la generación siguiente en un destino inexorable. Los puritanos elegían libremente la especialización profesional, los hombres de hoy se ven obligados a ella. La historia es la tragedia de una humanidad que hace su historia, pero no sabe la historia que hace.

· El Estado es la institución que, en una colectividad dada, posee el monopolio de la violencia legítima. Entrar en política es participar en conflictos en los que se lucha por el poder: el poder de influir sobre el Estado y, a través de él, sobre la colectividad.

· En ningún país del mundo y en ninguna época existe un solo sociólogo o politólogo, ni un solo economista que sea capaz de tomar al pie de la letra el programa de ningún partido político. En el mejor de los casos, sólo podrá adherirse a ellos haciendo un amplio uso de los que, en materia religiosa se llamaba la interpretación simbólica. Quienes participan en los trabajos parlamentarios no pueden permitirse el lujo de la libertad integral. La vocación de la ciencia es incondicionalmente la verdad. El oficio de político no siempre permite decirla. Los partidos aparecen como lo que realmente son y deben ser: organizaciones que aspiran al ejercicio del poder, defienden ciertos intereses y prometen gobernar en función de concepciones vagas y generales.

· Como todos aquellos que, en algún momento, han reflexionado sobre la condición humana, Weber no podía dejar de hablar de avaricia, de codicia, de falta de escrúpulos, de vanidad, de entrega desinteresada, de sentido de la medida y de otras cosas semejantes, es decir, de juicios de valor. En la narración o la interpretación de los acontecimientos o las obras el historiador no puede dejar de incluir juicios de valor, en la medida en que éstos son internos al universo de acción o de pensamiento, constitutivos de la realidad misma. La ciencia histórica o social es universalmente válida, pero de una universalidad hipotética. Depende de hipótesis iniciales, de una elección de valores y de una relación con los valores que no se imponen a todos los hombres y que cambian de una época a otra.

· Max Weber insistía sobre la cuestión del sentido subjetivo, es decir, sobre el sentido vivido por los actores históricos. Lo que los historiadores y los sociólogos buscan es el sentido vivido, no el sentido verdadero. Este sentido vivido, sin embargo, es complejo: el charlatán se hace pasar por un verdadero profeta, el demagogo, por un jefe carismático. Entre las diversas interpretaciones de un fenómeno histórico se establece espontáneamente una jerarquía: el sentido con relación al medio, el sentido que le daban los discípulos y el sentido que le presta el propio creador no se yuxtaponen. El sentido de una creencia religiosa o de un sistema filosófico es, en primer lugar, el que el profeta (o teólogo) y el filósofo le han dado. Los demás significados se destacan por referencia a éste. El historiador ha de buscar este primer sentido antes de ponerse a investigar los restantes.

· ¿Existen dos morales esencialmente distintas, la de la responsabilidad y la de la convicción? Nadie tiene derecho a desinteresarse de las consecuencias de sus actos, pero la preocupación por las consecuencias completa, sin contradecirlos, los móviles de la acción. Se obra por convicción y para obtener ciertos resultados. En condiciones extremas, ambas actitudes morales, aisladamente, pueden contradecirse: uno prefiere al éxito la afirmación intransigente de sus principios, otro sacrifica sus convicciones a las necesidades del triunfo. Ambas actitudes son morales dentro de una determinada concepción de moralidad. Nada contribuye más a la eficacia del combate que la buena conciencia de los combatientes. Un político debe ser, al mismo tiempo, convencido y responsable.

· Max Weber no se cansaba de mostrar que, en política, ninguna medida concreta puede revestir la dignidad de una verdad científica. Es imposible favorecer a un grupo sin perjudicar a otro, demostrar que un progreso de la producción global no se paga demasiado caro con la ruina de los pequeños comerciantes, o el empobrecimiento de una región desfavorecida. Sólo se puede decir con certeza que una medida determinada es conforme a l interés común cuando incrementa las satisfacciones de algunos sin disminuir las de nadie.

· En la ciudad, el ciudadano o el hombre de acción ha de tomar posición a favor de un partido o de una causa en contra de otros partidos o de otras causas, pues todos los partidos se amparan en valores pretendidamente supremos.

· Cualesquiera que sea el juicio del filósofo, la historia está hecha de combates dudosos en los que ninguna causa es pura, ninguna decisión sin riesgos, ninguna acción sin consecuencias imprevisibles. Como bien sugiere Weber, `ofrecer la otra mejilla es falta de dignidad cuando no es santidad`. El mismo acto resulta bueno o malo según el sentido que el actor da a su vida.

· La diversidad histórica de los valores, las creencias y las culturas es un hecho, el historiador y el sociólogo no pueden dejar de constatar este hecho primordial. No pueden, sin embargo, aceptarlo también como hecho último y definitivo sin hacer con ello imposible la ciencia de esta diversidad. Porque la ciencia es limitada, el porvenir imprevisible y los valores a corto plazo contradictorios, las elecciones a las que efectivamente está condenado el hombre histórico no son demostrables. Pero la necesidad de la elección histórica no implica que el pensamiento esté pendiente de decisiones esencialmente irracionales y que la existencia se cumpla en una libertad no sometida ni siquiera a la Verdad.

Nota: País Global

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Título libro:
El Politico Y El Cientifico
Autor/es:
Weber, Max
Categoría:
Sociales > Política
Peso del archivo:
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Idioma:
Castellano
Tipo:
PDF

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Maria

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